Atlético Tucumán había conseguido lo más difícil. Nicolás Laméndola convirtió el 1-0 de arremetida y le dio a su equipo esa ventaja tan preciada en el marcador. A partir de ahí, el “Decano” tenía el partido en el escenario que más cómodo le resulta: podía apoyarse en su solidez defensiva, administrar la diferencia y obligar a Barracas a exponerse. Era, en definitiva, un contexto hecho a su medida. Pero no pasó nada de eso. Atlético jugó un complemento flojísimo, perdió por completo el control del trámite y sufrió su tercera derrota consecutiva en el Clausura.

Si contra Aldosivi la sensación había sido de alerta, esta nueva caída preocupa todavía más en 25 de Mayo y Chile. Atlético volvió a mostrar una versión mucho más pálida que la de algunas semanas atrás. El “Decano” ya no parece aquel equipo que derrotó a Racing, peleó mano a mano con River y eliminó a Independiente Rivadavia. Esta tarde, en el Monumental, volvió a lucir como un equipo sin dirección. Sin alma.

Y eso es lo más inquietante. El segundo tiempo remitió por momentos a aquel Atlético anterior a la llegada de Julio César Falcioni, no al equipo que había evolucionado hasta construir una identidad reconocible. En el primer tiempo había cumplido: dentro de un desarrollo parejo, encontró el gol y consiguió llevar el partido hacia un escenario favorable. Pero en el complemento se desmoronó.

Principalmente, porque dejó de ser confiable atrás. Atlético volvió a extrañar demasiado a Clever Ferreira: ni Gianluca Ferrari ni Luciano Vallejo ofrecieron garantías y Barracas detectó rápidamente dónde podía lastimarlo. A Damián Ayude le bastó con poblar de delanteros el área para provocarle todo tipo de problemas al “Decano”. Cada pelota enviada sobre el arco de Luis Ingolotti comenzó a generar peligro. Lo más preocupante fue que Atlético nunca encontró la manera de corregirlo. Por esa vía llegaron los tres goles del “Guapo”.

El primero significó el empate, pero ni siquiera ese baldazo de agua fría provocó una reacción. Ni dentro de la cancha ni desde el banco. Barracas siguió empujando de la misma manera y Atlético continuó sufriendo. Recién después del segundo gol Falcioni, con pocas variantes a disposición, recurrió a Gabriel Compagnucci y Rodrigo Granillo.

Del otro lado tampoco aparecieron demasiadas respuestas. No alcanzó con la rebeldía de Laméndola y Lautaro Godoy, ambos imprecisos. Atlético tuvo dificultades para progresar con la pelota y nunca encontró un plan concreto para lastimar a un rival que, además, llegaba golpeado por una racha de ocho partidos sin victorias.

Sin embargo, encontró el 2-2. Otra vez de arremetida. Maximiliano Villa, que había ingresado por Leonel Di Plácido -el lateral sufrió demasiado desde la entrada del hábil Enzo Taborda por la izquierda-, apareció para convertir el empate. Se gritó, claro. El punto también servía. Pero el gol no conseguía borrar lo que también mostraba el partido: Atlético seguía jugando mal y la igualdad parecía mucho más de lo que había hecho para merecerlo.

Por eso quizás el golpe definitivo dolió, pero no sorprendió. A falta de un minuto, una nueva desconcentración defensiva terminó con Nicolás Orsini convirtiendo su segundo gol y dejando al “Decano” otra vez con las manos vacías. 

La derrota adquiere otra dimensión cuando se mira más allá de los 90 minutos. Atlético dejó pasar una oportunidad importante para volver a ganar en el Monumental y recuperar terreno en un Clausura en el que cada punto empieza a pesar. Con esta nueva caída quedó fuera de los ocho puestos de clasificación y volvió a complicar un panorama que algunas fechas atrás parecía más favorable.

Pero no sólo importa el presente. Los puntos que consiga acumular hasta el final de la temporada también tendrán incidencia en la tabla de promedios con la que afrontará el próximo año, un escenario en el que arrancará comprometido. Por eso, aunque la Copa Argentina concentre buena parte de la ilusión, el torneo local no admite demasiadas concesiones.

Ya no se trata de un llamado de atención. Es una preocupación concreta. Atlético está en semifinales y tiene motivos para ilusionarse, pero en el Clausura volvió a desperdiciar puntos que estaban a su alcance y también quedó en deuda desde el juego.

La necesidad de cara a Gimnasia, este viernes en La Plata, no pasa solamente por cortar una racha de tres derrotas. Atlético necesita sumar, sí, pero sobre todo volver a reconocerse. Porque aquella identidad que tanto le costó construir, en las últimas fechas empezó a desdibujarse.